Recomendación literaria: Estupor y temblores

by Benetton Blogger on: Diciembre 2nd, 2011

Si la vez pasada les recomendamos una novela que era más un cómic sin dibujos, esta vez les queremos compartir una novela perfecta para leerse en un fin de semana haragán: Estupor y Temblores de la belga-japonesa Amélie Nothomb.

Amélie nació en Japón porque su padre (belga) trabajaba como diplomático. De ahí que sus lenguas maternas sean el belga y el japonés. Ella no descubre Europa sino hasta los 17 años y como se cría en Japón, conoce a la perfección la cultura japonesa, sin embargo su aspecto es el de una chica europea común, una “mujer blanca”. Todo esto es importante porque ella es el personaje principal en Estupor y Temblores.

La anécdota es sencilla: una joven blanca entra a trabajar, con un contrato de un año, a una gran empresa japonesa: un enorme corporativo con reglas y jerarquías. La historia es el descenso continuo de esta mujer. Diríamos un “descenso a los infiernos” si no fuera porque Amèlie posee un sentido del humor muy agudo con el cual es capaz de ridiculizarlo todo a su alrededor y de burlarse de ella misma sin que el lector nunca llegue a sentir pena.

Estupor y Temblores resulta sorprendente para un lector occidental sin mayores conocimientos sobre la cultura japonesa, una cultura del todo ajena a nosotros pero que aparece de alguna forma explicada en las letras de Nothomb. El honor, la situación de las mujeres, la belleza, la disciplina. Estos y otros temas van a apareciendo en los pasillos de Yumimoto, el gran corporativo en el que trabaja Amèlie-san.

La novela está editada por Anagrama y cuesta como 150 pesos (unos 8 euros) en cualquier librería.

El señor Saito me habló con una cólera que le hacía balbucear:

– ¡Ha indispuesto profundamente a la delegación de la firma amiga! ¡Ha servido el café utilizando fórmulas que sugerían que sabía hablar perfectamente japonés!

– Es que no lo hablo tan mal, Saito – san.

– ¡Cállese! ¿Con qué derecho se atreve a defenderse? El señor Omochi está muy enojado con usted. Ha creado un ambiente irrespirable en la reunión de esta mañana: ¿cómo iban a sentirse cómodos nuestros socios ante una blanca que comprendía su idioma? De ahora en adelante, no hablará nunca más japonés.

Le miré con los ojos abiertos como platos:

– ¿Perdone?

– Usted ya no sabe japonés. ¿Ha quedado claro?

– ¡Pero si Yumimoto me contrató precisamente por mi dominio del japonés!

– Me da igual. Le ordeno que no entienda japonés.

 
 

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