De cómo en una vecindad se escondía una obra de arte

by Benetton Blogger on: Diciembre 7th, 2011

Había una vez un pintor muy talentoso que no se consideraba pintor. Además, pensaba que estaba loco y que si la gente se enteraba, lo encerrarían en un manicomio. Entonces pintaba. Hacía retratos muy correctos y cuadros con paisajes, pero lo que verdaderamente quería pintar no era para su época y como le daba miedo que vieran sus pinturas y pensaran que estaba loco, pintaba en las paredes de sus estudio, a escondidas de todos.

A veces, limpiaba sus pinceles en las paredes. Y una mancha se volvía un pequeño paisaje o una bailarina con tutú. Y después otra mancha se volvía un caballo y así hasta que no quedó un espacio libre en ninguna de las paredes.

Después, como todos los hombres mortales, el pintor murió. Y pasó el tiempo y a todos se les fue olvidando y la casa donde vivió fue rentada por partes y así se convirtió en una vecindad, y como está en el centro de la Ciudad de México, en la zona de los comerciantes de telas, el estudio terminó como bodega llena de rollos de textiles desde el piso hasta el techo y las pinturas quedaron así ocultas de la vista. Hasta que, en los años 60′s, la ciudad recuperó lo que fuera el Antiguo Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y lo convirtió en el Museo de la Ciudad de México.

Joaquín Clausell fue un famoso periodista, preso político y pintor, amigo de Emilio Zola y el Dr. Atl, su trabajo se inserta en la corriente del impresionismo y la mejor muestra del mismo se encuentra en las paredes de su estudio, en el Museo de la Ciudad, un espacio que recomendamos conocer. Está en Pino Suárez esquina con República del Salvador (entre el metro Zócalo y el metro Pino Suárez).

 
 

1 comentario

 El Centro de la Ciudad de México: laberinto de pasiones.

by United Blogs of Benetton on: Abril 14th, 2010

Amo el centro de la Ciudad de México…

Lo amo con sus millones de sonidos por segundo, sus millones de colores por metro cuadrado, sus millones de ocurrencias y bromas por cuadra. La Ciudad de México aturde tus sentidos.

Hay edificios antiguos con fantasmas y apariciones de monjas (como Casa Talavera en Republica del Salvador y Talavera, cerca del Museo de la Ciudad) rodeados de calles atestadas de gente que anda de compras.


De entre todo un universo de posibilidades, en el centro uno puede encontrar miles de copias piratas del CD del momento a cinco pesos. Caminando, de pronto estás en una calle llena de tiendas de bicicletas y prostitutas gordas afuera de esas tiendas (si eso pasa, es que estás en San Pablo, donde también hay buenos lugares de comida libanesa).

Regadas por todo el centro hay una buena cantidad de tiendas de telas, llenas hasta el techo con su mercadería en grandes rollos y letreros que anuncian hilo por kilo.
Si no quieres comprar tela y en cambio te aperece una cerveza fria, lo mejor es ir a la calle 5 de Mayo Street y meterte en La Opera, uno de los bares más famosos del centro y de la ciudad.


Y si saliendo se te antoja un dulce, sólo tienes que cruzar la calle y entrar en la Dulcería de Celaya para comprar dulces tradicionales.

Cuando yo voy al centro a veces camino sin dirección y me voy deteniendo en los puestos para comprar tres plumas de gel por cinco pesos, para escuchar músicos callejeros o para comerme un helado de Santa Clara en la calle de Madero.


Los domingos, esas mismas calles normalmente bulliciosas están vacías y las tiendas permanecen cerradas.

El Centro lo tiene todo. Y si es primavera, incluso tiene jacarandas en flor.

 

 
 

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