Si la vez pasada les recomendamos una novela que era más un cómic sin dibujos, esta vez les queremos compartir una novela perfecta para leerse en un fin de semana haragán: Estupor y Temblores de la belga-japonesa Amélie Nothomb.

Amélie nació en Japón porque su padre (belga) trabajaba como diplomático. De ahí que sus lenguas maternas sean el belga y el japonés. Ella no descubre Europa sino hasta los 17 años y como se cría en Japón, conoce a la perfección la cultura japonesa, sin embargo su aspecto es el de una chica europea común, una “mujer blanca”. Todo esto es importante porque ella es el personaje principal en Estupor y Temblores.
La anécdota es sencilla: una joven blanca entra a trabajar, con un contrato de un año, a una gran empresa japonesa: un enorme corporativo con reglas y jerarquías. La historia es el descenso continuo de esta mujer. Diríamos un “descenso a los infiernos” si no fuera porque Amèlie posee un sentido del humor muy agudo con el cual es capaz de ridiculizarlo todo a su alrededor y de burlarse de ella misma sin que el lector nunca llegue a sentir pena.

Estupor y Temblores resulta sorprendente para un lector occidental sin mayores conocimientos sobre la cultura japonesa, una cultura del todo ajena a nosotros pero que aparece de alguna forma explicada en las letras de Nothomb. El honor, la situación de las mujeres, la belleza, la disciplina. Estos y otros temas van a apareciendo en los pasillos de Yumimoto, el gran corporativo en el que trabaja Amèlie-san.
La novela está editada por Anagrama y cuesta como 150 pesos (unos 8 euros) en cualquier librería.
El señor Saito me habló con una cólera que le hacía balbucear:
– ¡Ha indispuesto profundamente a la delegación de la firma amiga! ¡Ha servido el café utilizando fórmulas que sugerían que sabía hablar perfectamente japonés!
– Es que no lo hablo tan mal, Saito – san.
– ¡Cállese! ¿Con qué derecho se atreve a defenderse? El señor Omochi está muy enojado con usted. Ha creado un ambiente irrespirable en la reunión de esta mañana: ¿cómo iban a sentirse cómodos nuestros socios ante una blanca que comprendía su idioma? De ahora en adelante, no hablará nunca más japonés.
Le miré con los ojos abiertos como platos:
– ¿Perdone?
– Usted ya no sabe japonés. ¿Ha quedado claro?
– ¡Pero si Yumimoto me contrató precisamente por mi dominio del japonés!
– Me da igual. Le ordeno que no entienda japonés.
